miércoles, 29 de abril de 2009

¡LEVANTO LA MAYA! (juego)


LEVANTO LA MAYA

Tras la cuenta hasta veinte y la ronda de rigor cara a la pared, me apresto a la búsqueda de los que se han ocultado. Hay que encontrarlos a todos, sin dejarse ni uno. No se puede perder de vista a la reja negra que sirve de maya -¿con y o con ll?-, pues cuando se descubre a alguien hay que correr hasta allí, requisito del juego y adelantarse por piernas al personaje descubierto.
Ahí hay uno. A correr.
Llegué antes que él.
-¡Levanto la maya! –grito.
Uno menos.
A seguir buscando. Me quedan dos; pocos jugamos hoy. ¿Dónde andan metidos los chicos?
Pasos a la carrera.
¡Fotre!, me saca la delantera. Me he descuidado, no le voy a poder alcanzar.
Llega antes que yo.
-Levanto la maya por mí y por todos mis compañeros; y por mí, el primero.
Me tocará seguir buscando de nuevo.

FIN

DESDÉN


DESDÉN

Dispués de tantismo tiempo
Hara te güelves conmigo,
Tira y veste corriendo
Que ya no quio na contigo.

LA BEBIORA


LA BEBIORA

La "bebiora" -de bebedora- está ya en plenas tierras de Caravaca de la Cruz, subiendo hacia la Sierra de Peñarrubia, por encima de las hoyas de mi padre. Como un vampiro, absorbe el agua del Canal de Taibilla y la purifica, ofreciéndosela a los grifos de varios pueblos del Noroeste murciano. Con la sobrante, se riegan los terrenos bajos labrantíos.
Es buena este agua.

ER MERCAO


ER MERCAO

A lombos de mulas viejas,
Cruzando huertas, montes y llanos,
Para el mercado con sus frutales
Van, a la albada, los mis paisanos.
Y entre los puestos del Malecón,
A grito pelado, sin altavoz,
Cantan la gracia de sus verduras,
El precio ajustado, con dulce voz.
Por allí pasean los muchachos
Detrás de rebonicas zagalas
Que van a mercar a la plaza
Vestidas con sus mejores galas.
Y anguno comprará para anguna
Esa flor que se llama lechuba,
Con lo que no quieren dicir
Que esté verde su hermosura.
Ellas sólo van a mercar
Con su capaza del bracete,
Seguías de cerquetiquica
Por angún que otro mozalbete.
Y ellos les dirán abonico:
“Yo te quió a ti tantismo”.
Y ellas pensarán sin dicirlo:
“A mí, tres cuartos de lo mismo”.

¡MONDONGO!


EL MONDON GO

Ta-ta-ra-rí…
(El pitido del clarín)

-¡Mondongo!... ¡Arrope calabazate!...
Chillaba a grito pelado aquel hombretón con trazas de carnicero en las tardes nubosas del estío otoñal, hiriendo a trechos el aire con la estridencia de un cornetín corvo y corto, requiriendo a las mujeres del barrio, a las amas de casa, que presurosas acudían con zafas, calderos, ollas, o cualesquiera otro cachumbo en el que depositar los despojos del pellejo dell mondongo y las mondas manos del cordero, que el señor mondonguero, con manazas prestas y seguras, aptas para un género tan escurridizo, les despachaba con celeridad puntual. Se arremolinan a su alrededor las señoras, vestidas con bastas batas de estar o burdas ropas de andar por casa en las faenas diarias, con el pelo sin peinar o cubierto de rulos de plástico ruborizándose ante los piropos zafios del mercader ambulante, técnica de marketing sin duda.
-¡Arrope calabazate!... ¡Mondongo!...
Y nuevos alaridos del cornetín.
Parece haber acaecido uno de los grandes sucesos esperados en la monotonía del arrabal: la muerte del anciano Tío Porricas, que ya tiene más de noventa años –la porra de edad- y todavía se le ve cada día con su brazado de leña menuda a la combada espalda, que ha recogido por cualesquiera bancales, desecho de la poda; el nacimiento que aguarda la muchacha que vive junto al cornijal de la acequia, que ya se tarda lo suyo en llegar, y que no tiene padre reconocido por el momento, ni trazas de que se vaya a saber, pues tal vez a causa de su deficiencia síquica y también a su natural promiscuidad ella misma no sepa quién fue; el retorno al hogar de Manolo, emigrante que marchó hace un porrón de años a Alemania, al que espera su novia Catalina, guapa y fiel que no veas, ya doce años a pesar de las malas lenguas que afirman ladinamente que ¡buena vida se estará dando ése con esas extranjeras tan liberales, y ya veremos si vuelve alguna vez!, a las que ella no hace caso; o que por fin se casa la modista, que ¡Dios sabe cuánto tiempo tiene ya de noviazgo y sin casarme, ni dar señales de hacerlo!, eso sí, siempre con el mismo novio noche tras noche a la puerta de su casa…
Pero solamente se trata del mondonguero.
A pesar de que forman las damas una masa confusa al acoso del vendedor ambulante, se conserva un riguroso turno de llegada ¡Dios sabe cómo! Inviolable. Si alguna trata de colarse, se ganará la reprimenda y los improperios silenciosos de todo el mujerío presente; basta con que una, la más inmediatamente perjudicada lleve la voz cantante.
-¡Eh, tú…, que no te toca! ¡Mira ésta…! ¡Hábrase visto!... ¡Pues estaría bonico…! ¿Qué se habrá creído?..., ¿Qué aquí nos chupamos el dedo?
A veces, estas situaciones degeneran en breves contiendas, cuando la quitasitios se resiste a ceder el lugar conquistado. Entre revuelos de faldas, golpes de cacerola o cazo, arañazos y tirones de pelo se dilucida quién tenía la razón; curiosamente casi siempre vence quien la tenía de su parte, aunque recibiera en la reyerta la peor parte, la más holgada, en el reparto. Pero no era algo usual que se resolvieran tales minucias por el empleo de la fuerza bruta. Eran cosas aisladas que ocurrían con la venida del vendedor de mondongo al barrio.
Mientras despacha a las clientes, deja sentir de vez en cuando la agudeza de su cornetín dorado, última llamada para las rezagadas. El eco lo ponen los graznidos de los grajos del campanario de la iglesia de la Virgen de la Soledad.
-¡Mondongo!... ¡Arrope calabazate!...
Las mujeres vienen y van entre una chilleriza inevitable. El goteo de las calles afluyentes a la replaceta es incesante; las últimas que lleguen se llevarán lo peor del lote, con lo cual consiguen comprar más barato en el regateo; alguna vendrá tarde a cosa hecha, de propósito, para renegar altivamente de la baja calidad del producto y no comprar nada, ya que su precaria economía del momento no se lo permitie, obteniendo así una honrosa salida.
Luego, todo comienza a retomar su aspecto habitual: las señoras desfilan hacia sus cubiles, el mondonguero monta en su Bultaco y se aleja por la Cañadica adelante, dejando una estela de polvo, ruido y humo tras de sí… y los niños volvemos a nuestro reino, usurpado durante una hora a algo así a continuar con nuestros juegos interruptos a nuestro pesar.
A la noche probaremos el mondongo.

FIN

LA PÍDOLA (juego)


LA PIDOLA

(cantinela de la piola)

Uno
Y te doy un puño
Dos
Al trasero un patadón
Tres
Con las uñas te arañé
Cuatro
En tu lomo me descanso
Cinco
Te arreo un pellizco
Seis
En cualquier parte le deis
Siete
El que quiera que se siente
Ocho
Y me echo en tu lomo
Nueve
Coge el paraguas que llueve
Diez
Y te salto con los pies
Once
Sólo pierde el que roce…

LAS TINIEBLAS DE LA NOCHE (juego)


LAS TINIEBLAS DE LA NOCHE

Las Tinieblas de la Noche,
ocultos por los portales
niños a troche y moche
y niñas con estos tales.


Los niños y niñas se esconden. Solos, por parejas, en grupos... por los portales de La Placeta, sí, La Placeta, con mayúsculas. Es la replaceta de la Iglesia de la Virgen de la Soledad.
Quien ha de buscar realiza su salmodio, la cuenta atrás, hacia adelante, antes de salir a la búsqueda de quien será el próximo en buscar.
El infante canta:
-Uno, dos, tres,
cuatro, cinco, seis,
siete, ocho, nueve,
diez, once, doce,
trece, catorce, quince,
dieciséis, diecisiete,
dieciocho, diecinueve
y veinte, que ya voy.

Y se acerca al más próximo portal, llamando educadamente a la puerta, remedando con la voz la onomatopeya del sonido:
-Pom, pom.
Desde dentro le contestan:
-¿Quién es?
-Las Tinieblas de la Noche -dice con voz nasal.
-¿A por quién vienes?
-A por el que pille.
Y penetra como la zorra entra en el gallinero, entre las risas y el cacareo de las niñas, tantea veloz en la oscuridad mientras que algunas aves se escapan hacia la calle, hasta que atrapa a una presa... desconocida.
-¡Te pillé! Te quedas.
Cuántos oscureceres pasamos juntos tú y yo en el mismo portal, ocultos, nuestras manos entrelazadas, tú recostada en mi pecho, yo abrazando tu seno. Y un gran susto dentro del cuerpo.

FIN

CAÑANTISCO


CAÑANTISCO

De la Cañada del Lentisco
se formó el pago de Cañantisco;
bien pudo llamarse el Lentiscar,
como así lo hizo otro lugar.

CARRASCALEJO


CARRASCALEJO

El arado de un labrador descubrió por puro azar una antigua bodega enterrada bajo un terreno de cepas.
El vino que contenían las cubas había alcanzado durante el largo enterramiento, de quizá siglos, una solera exquisita. Aquel labriego descubrió un tesoro con denominación de origen; posiblemente muriera sin obtener la menor recompesa por él.

Así nació el vino de Carrascalejo. Dicen, se dice, que aún queda de aquel vino viejo.

PAJARIQUIOS


PAJARIQUIOS

Caberneras, verdolores,
abejarugos, tutuvías,
pardales y gafarrones,
aves de la tierra mía.
Aquéllas que aquí no puse...
es que no me venían.

¡AMOGA! (juego)


AMOGA



¿Quién se atreve a saltalla,
sin suelo tras de la valla?...



-¡Amoga!

Es el oscurecer en mi calle. Los chicuelos recién acaban de cenar y, como una pequeña avalancha sincrónica, riegan la placeta con sus gritos y alborozo. Y la triste plaza, pobremente iluminada, parece rejuvenecer.

La piola es casi su inevitable juego nocturno por consenso general.

-¿Hechamos una piola? -lo dicen, con hache, del verbo hacer; pues eso es lo que piensan hacer.

Alguien saca de alguna parte ignota del suelo una piedra chica -ha de ser minúscula en sus proporciones, aunque no en exceso-, con lo cual se convierte automáticamente en salvo, quedando excluido de quedarse, libre del lance del azar; amén de convertirse en la "madre", el director del juego, quien indicará qué y cómo será el juego.

-¡China!... ¿Quién me la compra? -exclama la madre.

-¡La compro! -grita otro, adelantándoseles al resto, convirtiéndose así en el segundo en saltar, tras de la madre o prime-. ¡Segun!... ¡segun!... -ensalza su alegría.

-Doy china -dice otro, con lo cual gana oportunidades para quedar salve. Después oculta ambas manos tras de la espalda para mostrarlas al poco conversas en prietos puños, de modo tal que un buen observador podría descubrir inmediatamente en qué mano se oculta la piedrecita, pero él la cierra tanto para evitar que nadie pueda vérsela por los resquicios del puño.

-¡Aquí! -le golpea uno en uno de los puños-... ¡Salve!; ¡terce!

La piedra, su acierto o fallo, decide las posiciones y quién amogará..., el último que tenga la china en su poder luego de haber pasado todos la prueba de elección, excepto claro, la madre y el segundo o segun.

-¡Fallaste, que la tengo en la derecha!... ¡Cuarto!

-...

-¡Te quedas!... ¡Amoguinche! -gritan al que ha de amagar. Y después se escuchan una serie de frases hechas, dichas por la madre, que el resto repetirá a medida que salte, como el rezo de un rosario.

-A la una, la mula.

-...

-A las dos, la coz.

-A las tres, la culá de San Andrés.

-A las cuatro, las uñicas de mi gato.

-A las cinco, mi mejor blinco.

-A las sais, lo que queráis.

-A las siete, salto y pongo mi caramochete.

-A las ocho, salto y recojo mi bizcocho.

-A las nueve, me monto en mi burrica y bebe.

-A las diez, la traigo de beber.

-A las once, las campanillicas de bronce.

-A las doce...

Y cuando se acaba la retahila, vuelven a empezar; sólo si el que amoga se encuentra harto de tal función y la madre aprecia en él un pronto abandono por hastío, cambian de juego. La madre grita entonces:

-¡Estatua de la Libertad! -y todos permanecen inmóviles; hay siempre quien hasta imita la pose de la estauta de New York. El último en adquirir la posición estática o aquél que se ha movido durante el tiempo de quietud establecido, amogará ahora. Pero casi nunca queda claro quién fue en este lance, y la madre ha de probar de nuevo otra argucia.

-¡Pisapapeles! -Todos brincan como posesos hasta que la madre suelta-: ¡Basta! -y acto seguido se comprueba por consulta general quién se detuvo el postrero. Las opiniones de la madre y del amogante son siempre capitales. Si nadie se rezagó más que los demás, se intenta de nuevo con otra triquiñuela el recambio de víctima.

-¡Enchufa ranita! -De donde hay que colocar un dedo rápidamente sobre la espalda del amogante, ya que el último en hacerlo pierde. Hace falta mantenerse próximo a la madre en todo momento del juego.

Y así, hasta que surja alguien para sustituir al que amoga.

-¡Amoga!...

Y la luna les contempla cariñosa con su único albo ocelo desde lo alto del campanario de la Iglesia de La Soledad, celada tras de la gris veleta y el herrumbroso e inútil pararrayos, pues ella también les tiene un poco de aprensión a los niños.


FIN

AMOS PAL JARDÍN, NENA (canción)


AMOS PAL JARDÍN, NENA

(jota murciana)

Cuandi subo la cuesta
sempre t^encuentro
que asomá a la ventana
miras por dentro;
qu`esfisando mi paso
miras con tiento,
qu`er clujir de visillos
yo te lo siento.

Coda:

Anda, ves, ponte guapa
y te viés pa los jardines,
que vi`a dicirt-en un banco
tóos mis sentires;
tóos mis sentires, nena,
tóos mis sentires.
Anda, ves, ponte guapa
y te viés... pa los jardines.

Cuandi vas pa la misa
sempre t`orservo
cómo miras de riojo
para mi cuerpo;
sabes qu`esos tus ojos
me allevan muerto,
que mi vista se pierde
por esos güesos.

(Al coda)

Cuandi colgao en tu reja
veo un pañuelo
me s`enciende una chispa
com`un lucero,
pos me dice la prenda
que tú l`has puesto
y que quiés que m`acerque
pal platiqueo.

(Al coda)

EL ORIGEN DEL MAR MENOR Y DE MURCIA (fábula)


EL ORIGEN DEL MAR MENOR Y DE MURCIA
(apólogo)



El dios del mar, Neptuno, requirió en tiempos remotos en amores a la diosa de la belleza y del amor, Venus.
-Y a cambio de mis favores, ¿qué piensas ofrecerme?... Porque no creerás que voy a consentir en hacer el amor contigo a cambio de nada -objetó ésta.
-Dime qué quieres y te lo conseguiré. Palabra de dios -le dio opción a elegir el gordo dios de los mares.
-Una piscina junto a la costa más hermosa y asoleada de la toda la Tierra es lo que quiero; no me gusta bañarme en las aguas saladas del mar -fue la elección de la bella casquivana.
-Sea. Te la construiré.
-Vuelve cuando lo hayas hecho, no antes.
Neptuno se sumergió en las aguas marinas y partió en busca del emplazamiento adecuado a los deseos de la caprichosa diosa. Llegó tras larga búsqueda al Sureste de la península ibérica, a Hispania, y se dijo que no hallaría mejor lugar que aquél para su propósito. Sin salir del agua se puso manos a la obra, construyendo en poco tiempo un istmo de rocas que aislaba una sección del Mare Nostrum; desaló las aguas y arenó el fondo, y no se detuvo hasta no quedar satisfecho de su labor.
-Me ha salido una piscina divina -se dijo pomposamente.
Y volvió al monte Olimpo, donde la hermosa.
-Venid conmigo, ya os construí vuestra piscina -le dijo a Venus.
-Vayamos pues a verla -aceptó la dea.
Cuando fueron llegados a las costas mediterráneas, la veleidosa diosa se mostró insatisfecha del trabajo realizado por el obeso gobernante del océano.
-No me gusta; yo la quería más al interior.
-¿Qué?... Pero ¡bueno!...
-Ya lo sabes: más al interior; que no quiero que tú te pases el tiempo observándome mientras me baño desnuda, pillín.
El razonamiento le pareció al dios traído por los pelos, pues para qué querría mirar si se iba a acostar con ella antes, pero tuvo que aceptar el reparo por no perder el premio ansiado.
-Cuando la tengas hechas, vuelve -y la diosa se marchó al Olimpo de un salto olímpico.
Neptuno, pobre de él, penetró tierra adentro hasta encontrar una gran vega tras de unas
montañas. Considerando el locus adecuado para la piscina, el dios exclamó:
-¡Equilicuá! -que quiere decir "eureka" en latín vulgar, pues es de todos sabido que ni cultos ni inteligentes eran los dioses romanos de aquellos tiempos arcanos.
Con sus enormes manos y con la ayuda inapreciable de su tridente, allanó el terreno aquí,
levantó un muro allá, hasta parecerle rematada la obra de embalse. Después se llegó a la ribera del mar y, con grandes palmadas, golpeando el agua para producir inmensas olas, creó un maremoto que inundó todas las tierras del Sureste de Hispania. Al retirarse las aguas en su reflujo, quedó (como pretendia) anegada la nueva piscina. Volvió luego a la penosa tarea de
desalar las aguas marinas y arenar el fondo. Como resultas de esta faena, las tierras del Sureste quedaron sembradas por los cadáveres de los animales marinos arrastrados tierra adentro por el maremoto.
Entonces volvió a tornar al monte Olimpo en busca de la bella Venus.
-No está -le dijo un dios menor-, hace días que no se la ve por aquí... por estos lares.
Neptuno recorrió los siete mares y penetró en miles de ríos hasta dar con ella. Se bañaba en las límpidas y transparentes aguas del lago Tiberiades.
-Tardabais tanto en realizar el encargo que yo misma me he procurado el baño -le dijo
impúdicamente la diosa, ya que iba desnuda-. Ya no tiene objeto vuestra proposición.
Neptuno montó en tal cólera divina por el desdén de la hermosa, que, volviendo donde
construyó la piscina,hoy la vega murciana, se lanzó en pompa al agua con toda su gruesa
humanidad inmortal y, braceando furiosamente, logró desaguar el estanque, haciendo ,que el
líquido retornase al mar que pertenecía. Luego, antes de penetrar en el Mare Nostrum, pisoteó la piscina erigida junto al mar, quedando el Mar Menor como rastro de su paso. Se prometió no volver nunca más al monte Olimpo, sede de todos los dioses, por no volver a las burlas de la diosa.
Por otra parte, Murcia es uno de los nombres de la diosa Venus.

Y la moraleja que se desprende resulta evidente:


El amante despreciado
nos quitará lo donado.


FIN

EL QUESO (romance)


EL QUESO

(romance)



¿Qué es eso?



Dos hombres por un camino,
en los vientres, sólo viento,
al hombro dos botas de vino;
con gran hambre, no sedientos.
Van aprisa por la senda,
son peones camineros
ansiando alguna merienda
pagada con sus dineros.
La luna, en toda la huerta,
expande una luz tan hermosa...,
tratan de hallar una puerta
donde comer cualquier cosa;
estos hombres no hacen caso
de si es claro u oscuro
el color que luce el raso:
andan con bastante apuro.
Mas no tan apresurados
que a las guardianas parejas
les haga ser desconfiados
y pasen la noche entre rejas.
Muchas horas han andado,
ya llega la medianoche,
y en todo lo caminado...
sin probar chichirimoche.
El uno se llama José,
Faco es la gracia del otro,
y en verdad que, yo, no sé
cómo nombraban al potro
que al paso sigue a los dos
portando sus apechusques,
bultos grandes y pesados.
En ningunos anales lo busques,
pues su nombre no habita
en parte alguna escrita.
Uno se llamaba José,
para más señas, murciano,
y de Faco también sé
que a su vez era paisano.
Como viene a ser natural,
hablan andando el camino;
así hace quien no desea mal
a quien es amigo y vecino.
Se pasan de tanto en tanto
una bota ya mediada de vino,
que abocan a donde el canto
con un acertado buen tino.
Pienso yo que es conveniente
que les escuchemos un rato,
pues si es mucho camino, gente,
así se nos hará algo más grato.

José

-Yo no sé, amigo Faco,
cúanto podré aguantar
llevando vacío el saco,
que no para de cantar,
deseando algún bocado
que calme su mal estado.

Faco

-Lo mesmo me pasa, José,
la bartola se me agita,
da saltos y me grita;
y por aquí naide se ve.

José

-Tal, que paice un disierto,
ni una luz en la distancia;
no hay ni un hombre dispierto
en todo lo que se alvanza.

Faco

-Es mala suerte la nuestra,
hallarnos sin ná de comida;
de qué forma se nos muestra
esquiva la mesa servida.

José

-Pero continuemos con tesón,
que al cabo remataremos
por topar con algún mesón
donde a remate comeremos.

Una luz en la distancia
entre los árboles surge;
corren hacia la estancia:
matar sus hambres les urge.

José

-Una posada a la vista
tenemos, vecino. Corra,
que allí hallaremos lista
comida que nos socorra.

Faco

-Mejor no cantar alegrías
hasta no tener aseguranza
de que es un mesón o posá,
que bien pudiá ser alquería
que no nos llene la panza
porque haya gente desconfiá.

José

-¡Vaya ánimos que nos das,
pareces un chafaníos!...
Mueve las piernas con brío
y no me digas naica más.

Así se llegan al umbral,
al portal de la vivienda,
y bien pueden vislumbrar
que es un mesón la hacienda.

José

-Tenía yo la razón,
no me lo podrás negar.

Faco

-Pero ahora viene la cuestión
de cómo podremos entrar,
pues no se ve luz alguna
ni pa que cante la tuna.

José

-Llamemos al mesonero
a ver qué es lo que ofrece:
un potaje o unos huevos...
Cualquier cosa me apetece.

Faco

-Que se nos abran quiera Dios
las puertas de este mesón,
y no nos tiren un cubo
con agua desde el balcón.

(Pero está muy claro que
esta charla es aburrida;
ya me olvidé de por qué
era preciso ser oída.)

Mas prestemos atención
a nuevos aconteceres
de la triste situación
que aqueja a estos seres.

Golpes broncos a la puerta
y voces altas a ventanas
rompen la noche desierta:
un candil prende una llama.

Y una voz... o vozarrón
viene de dentro la casa,
es el dueño del mesón
que quiere saber qué pasa.

Mesonero

¿Quién se atreve a molestar?
¿Es varón, o tal vez dama?...
¡Pardiez, que no puede uno estar
ni en paz en su santa cama!

Tales voces viene dando,
las escaleras bajando.

José

Es buena gente de Dios
la que aquí llama a la puerta;
dos buenos hombres, son dos,
que traen el alma muerta.

Faco

Vamos buscando abrigo
para pasar esta noche;
si el lecho no es bueno, amigo,
no le haremos ni un reproche.

José

También queremos comer,
si es cosa que se puede,
lo que nos quiera poner,
o las sobras que le queden.
Que no es gente regalada
la que aquí llega cansada.

Faco

Pagándole, mesonero,
con nuestros buenos dineros.

Chirridos de las maderas
descubren a los de afuera,
a la luz de una vela
se ilumina la cancela.

Mesonero

Buena disposición traéis,
pa vuestro propio contento,
pues como ahora veréis
será corto el alimento.

Entran los camineros
a los lares mesoneros.

Mesonero

Pónganse junto al fuego,
en esa mesa cercana...
y, dejen, que venga luego
con una cena espartana.

El mesonero se parte
hacia alguna otra parte,
y, cuando al cabo regresa,
presto prepara la mesa:
gran jarra de tinto vino,
dos panes de carrasca
y un gran queso albino
es todo lo que se rasca.

Miran los dos camineros
la escasez de la comida
con la cara compungida.
Y se explica el mesonero:

Mesonero

Esto es todo, caballeros,
lo que hoy puedo ofreceros;
mi esposa es la cocinera
y me mataba si fuera
a decirla que se baje
a guisarles un potaje.
Así que es sólo por eso
que únicamente hay queso.

Los dos caminantes hacen
de las tripas corazón
ante esta explicación.
Y tranquilamente pacen.

José

Permitidme, amigo Faco,
que me sirva el primero
de este queso sandurguero.

Faco

Lo mesmo da para el caso.

José

Pues corto con su permiso
sin traicionar, con aviso.

José realiza un corte
tipo papel de fumar,
de tan escuálido porte
que puede echar a volar;
como la hoja del cuchillo
de gordo era el chiquillo.

Queda alarmado Faco
ante la escasez del taco.

Faco

¡José!... no puedo permitir...
¿Sólo eso os vais a servir?
¡Por Dios!, cortad algo más,
poneos mayor cantidad.

José

No, gracias, que me sobra.

Preocupación de amigo
no tiene qué ver conmigo.

Y pone manos a la obra.

Agarra con sus manazas
la parte del queso grande
y se la pone delante;
si no disparas, no cazas.
Y se pone, tan campante,
a comérsela al instante;
quiero siempre burro grande
aunque al cabo no ande.
Faco se queda perplejo
ante lo acontecido;
él no pensaba de lejos
que tuviera este torcido.
Y sin cortarse ni un gramo
le da a José su opinión,
le pide explicación, vamos,
de cómo hizo la elección.

Faco

¡Qué mala educación
has demostrado, José;
yo no sé a santo de qué
ha venido esta acción!...

José

¿Y por qué me dices eso?...
¿Tú qué hubieras hecho?

Faco

La parte chica que has hecho
habría tomado del queso;
es lo que debe de hacer
quien primero va a coger.

José

¡Pues no sé de qué te quejas!...
No hay motivo de greña,
ya que dejé la pequeña...,
la que habrías elegido
tú mismo de haber podido.
Conociendo yo este caso,
te la dejé por si acaso;
si no la quieres, la dejas.

Y acabó la discursión
de la mala partición
de este modo original.
Dejémosles en paz cenar.

EL TRIÁNGULO (cuento)


EL TRIÁNGULO

Los niños, gráciles palomas máculas en polvo, esturreados por toda la replaceta, absortos en sus diversos divertimentos. En su pequeño orbe infinitesimal no ha lugar más que para otros pensamientos tan diminutamente grandes cual los suyos. Su quintaesencia es el juego: los juegos. ¿Qué cosa será la vida futura suya sino un juego?..., el juego de la vida…, jugar con la vida, jugarse la vida.
Allá, junto al portal de la Chon, habitat espectral de las Tinieblas de la Noche, frente al callejón de la Montalba, un grupo juega al triángulo. Arrodillados sobre el polvoriento suelo pugnan por entresacar las bolitas de cegote –por otro nombre, pergüetos-, del interior de la figura geométrica, más presentida que nítida, que han enmarcado con una piedra de canto anguloso en el suelo arcilloso removido por la lluvia, si la hubo recientemente.
-¡Toma, te he dao!... ¿Tiés bolas?
El otro niño, desolado por el albur, arroja dos canicas de barro a los pies de su matador.
-¿Dos ná más?... Bueno, buenas son. ¡Qué tinorrio tengo!
Limpian el terreno de plebeyo polvo y piedrecitas, a veces sólo ficticias, y luego se sacuden las palmas en las perneras de sus pantalones cortos o directamente sobre los muslo desnudos. Colocan un dedo junto a su bola, apuntándolo en dirección hacia la cual van a tirar, para hacerse “encaje”, y disparan con todas sus infantiles fuerzas para quedar lejos de la del contrincante en caso de no acertarla, lo más corriente. Es éste un juego de cautos.
Otros prefieren aproximarse al triángulo con su bola, rondando junto a él, para ir entresacando las canicas que cada uno de los contendientes depositara en su seno al inicio del juego, y que constituyen los máximos premios que otorgan las reglas del juego. Hay que eludir la malhadada fortuna de que quede en el interior del triángulo la canica con la cual se rueda; esta desgraciado caso obliga a depositar en el espacio triangular todas aquellas canicas que se logró extraer o ganar y a quedar fuera de la partida.
Hay un chicón de incipiente malevolencia que juega con una yerra, gruesa canica de hierro, que utiliza para volver en añicos a las cristalinas del resto, Los de la bola más frágil ponen menos empeño al disparar contra ella; ya se sabe que tanto si el cántaro da a la piedra o la piedra al cántaro, mal para el cántaro.
El burdo triángulo de los pequeños se mofa, en su impredecible forma geométrica tan irregular, de todos los triángulos rectangulares, equilateros, escalenos e isósceles de tiempos pasados, presentes y futuros.
Y el sol, desde el límpido azul, alumbra la escena elevando destellos irisados de las bolas cristalinas.

FIN

CH


CH

A tus anchas
Te la enganchas
Con tus chanchas
Marranchas

martes, 28 de abril de 2009

¿CHE PELE? (cuento)


¿CHE PELE?
(origen de un apodo)
Ellos ni tienen dinero
Aunque trabajan en bancos,
Giran al día muchas letras
Y abren cuentas a diario.
(Adivinanza)
Los párvulos.
-¿Che pele?
-Pasa, pasa –concedió como siempre casi riendo la maestra al niño que aguardaba junto a la puerta entreabierta del aula, la cartera colegial en la mano derecha, hasta obtener permiso para franquear la entrada al aula -…, y ven aquí-. El chiquillo se aproxima con nerviosismo de culpabilidad-. Vamos a ver, Juanito… ¿Cómo te llamas?
-Juanito…
-El nombre completo. Eso ya lo he dicho yo.
Risas de los alumnos, que le dan fuerza al motivo de ellas.
-¡Chiss…! Niños, silencio.
-Juan Fernández García, para servir a Dios y a usted –se extirpó de la garganta sin titubeos el niño.
-Bien. Y si puedes decir bien tu nombre ¿por qué no eres capaz de decir “se puede” en vez de “che pele”?... Venga, esfuérzate, di se puede.
-Se… se pue-de… -logró pronunciar el chiquillo con visible esfuerzo sobrehumano.
-Muy bien, Juanito… A ver si no se te olvida. Siéntate, anda.
Mientras Juanito toma asiento entre las risas ahogadas de sus colegas, la profesora comienza la clase de parvulario.
-Bien, niños; hoy vamos a estudiar la letra “ele”. Abrir la cartilla por la página que lleva dibujada un lápiz.
Y al poco, el incidente con Juanito queda una vez más olvidado por todos. Salvo quizá por Juanito.
***
Ha pasado algún tiempo y Juanito llega tarde de nuevo, algo bastante habitual en todos los niños normales. Tras tocar suave la madera con sus menudos nudillos, abre la puerta, dejándola entornada, y pasa al interior del aula, al umbral.
-¿Che pele?
-¡Pero… Juanito!... Yo creía que ya sabías decir “se puede” y que no volverías a hablar tan mal… Pasa, pasa; no tienes remedio.
La señorita se sentía desalentada ante tan insólito caso sintáctico.
Los compañeros de aula de Juanito le gastaban bromas inocentes, burlándose de su frase de permiso con el simple acto de remedarla, y le apodaron como “el Chepele”, sobrenombre que arrastraría durante el resto de sus días el muchacho.
***
Finalizaba el año escolar, cuando un buen día en que Juanito llegaba tarde, cosa corriente en él, sorprendió a maestra y alumnado, colegas suyos. Con clara voz y timble correcto, como si lo dijese bien de toda la vida, dijo:
-¿Señorita, se puede?
Con gran contento inicial para la maestra, nunca más se volvió a escuchar la confusa frase habitual en los labios de Juanito.
Desde aquel día, la señorita, la “seño”, siente que le han quitado algo a su clase
de parvulario.

FIN

ESES


ESES

-Tú, murciano, no hablas bien,
Pues no pronuncias las eses.
-No, led doy otro sonido. Este:
El de lac consonantes siguientes.

¿JUBO? (cuento)


JUBO

Soy un niño y soy un viejo,
Entretengo y empobrezco;
Cábalas tendrás que hacer
Para saber quién puedo ser.
El juego.

Aboca a la placeta desde su casa atraído por los gritos y las risas de la mañaquería; contempla, silente, las evoluciones de los demás infantes en sus juegos…, y en sus marrones pupilas implora un hueco a ocupar. Quiere jugar. No le importa, si se juega a la pídola, ser siempre quien “amogue”, doblado su joven espaldar y amasados sus lomos por las manos y los nudillos del resto de la chiquilleríaL; si a la correa por detrás, quien la vaya siempre a buscar, recibiendo en la búsqueda duros zurriagazos traicioneros y algún que otro hebillazo involuntario a causa de las prisas; si al levanto la maya, quien se quedará siempre. Él… No le importa que se burlen, amparados en su corto tamaño y escasa habilidad. Pero ¡quiere jugar!
Y así lo expone:
-¿Jubo?
-¡No! –La ya habitual respuesta viene a menudo acompañada de varios gestos despreciatorios.
-¿Jubo yo? –vuelva a intentar a las primeras de cambio.
Se “quedará” todo el tiempo que haga falta al juego que sea, aguantará golpes y patadas, insultos y vejaciones, tropezones y caídas… Se “quedará”… Y se queda, pero sin jugar.
-Tú no, que eres mu pequeño.
Amilanado, amaga la testa y se dirige a sentarse sobre el largo poyo granítico de la placeta, donde absorben las viejas y viejos del barrio los rayos del sol mediterráneo para caldear sus reumáticos huesos, y donde también las niñas juegan, hablando fingidamente a sus muñecas. Desde allí, con los hombros caídos y las menudas manitas entrelazadas, como en oración, acecha el desarrollo del juego a la espera improbable de que sea preciso el concurso de uno más, él, para completar el cuadro del juego. Si algún niño se marcha, habtiualmente requerido por los fieros gritos de su progenitora –sorprendente sería por otro motivo-, rápido se alza y ofrece con tímida vocecita envalentonada:
-¿Jubo?
-¡Que no, mengajo!
Y cambian de juego para no verse obligados a aceptar el ofrecimiento del chiquillo.
Y él, de nuevo a sentarse en el poyo que brilla de rebosado por los traseros que han hecho de él su asiento durante cientos de años; por lo menos milenta.
-Si quieres jubar conmigo a las casicas, tú serás el padre.
-No –rechaza rotundo la generosa propuesta de una niña aún menor que él, sintiendo cómo algo duro y pastoso al tiempo le asciende desde el pecho hasta la garganta, y una fina película acuosa empaña sus ojos grises; contenidos los sollozos con penuria.
“¡Que tavía soy pequeño…, que tavía soy pequeño!... Pero ya creceré… y entonces ¡veremos!..., ya veremos si me van a dejar jubar o no…”
Y continúa mirándoles a los demás chiquillos, embutido en inmensos deseos de crecimiento, aguardando su momento.
Y aquella niña, con un lacito azul que recoge su cabello azabache en una graciosa cola de caballo, se aparta de él con un mohín de desdén de su respingona naricita, mientras acuna a su muñeca entre los brazos. Buscará otro padre.
Él sigue esperando, gozando entre tristeza anticipadamente del juego por la vista, y de vez en cuando, sólo de de vez en cuando, deja sentir su vocecita como un recordatorio:
-¿Jubo yo?
El sol inunda la replaceta toda mientras la respuesta a la pregunta del niño viene forjándose en el tiempo.
FIN

COMENCIPIO

(A LLA MANERA I JORMA D`UN EMPIECE)
Inde lla distancia ascribo,
dende mu i bien lenjotes;
si en tu terrero no vivo,
mis sentires quio que notes,
Murcia, güerta e llas flores,
verde i yena d`amores.